los juegos peligrososIsabel, que contaba con la edad de siete años, estaba en su jardín, pintando con los crayones pasteles que su madre le había regalado para su cumpleaños. Había escogido para sentarse la más amplia y verde porción de césped, que se encontraba entre los canteros rojos que cercaban a los triunfales rosales de rosas rojas oscuras y las baldosas grises de la vereda. Creyó ver algo que por un momento la distrajo de su dibujo serrano, que la asustó, y ella nunca tenía miedo. Había algo tras las macetas, también rojas, a la izquierda de los canteros: se parecían a los ojos de Nena Lang, su vecina nueva que vivía en frente. Eran celestes, con vetas
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